Uno de las mayores incomodidades que puede sufrirse en carne propia, es tener que responder por las actividades delictivas de terceras personas, con quién uno no tiene lada que ver. Es el caso de la vergüenza ajena que acude ante hechos lamentables, sin una razón válida, sólida o sustentable.
La incivilización en el deporte (nada más contradictorio) es una lacra en el sur de América, que no tiene que envidiar al mundo desarrollado. Sin embargo, la frecuencia, crueldad y constancia de estos males, constituyen una muestra de la decadencia de una civilización, que se ampara en el gol para revelar sus miserias...
Al tiempo, las Instituciones originadas en la Constitución, refrendada en nombre del pueblo por parte de los representantes, y la ineficiencia absoluta de las mismas para hacer cumplir per se la norma, muestran la debilidad organizacional de la sociedad de referencia.
Sin profundizar los males endógenos de cada parcela, y en referencia particular a Argentina de los últimos 40 años, me percato de que un país que no se mira al espejo cada mañana, tiene al menos 2 problemas fundamentales: El primero malinterpretar su mala cara, que es síntoma del vicio en que está sumida, y por tanto, la soberbia violenta que desata tiene el mismo tamaño de sus vicios como de su resaca.
El segundo problema es de autismo: Puede que a los argentinos les esté pasando lo mismo que a sus vecinos de más al norte, quienes creen que sin importar el asunto (petróleo o fútbol "se gual"), la ofensa, presión, y la impunidad les otorga razón...
Es lamentable tener que recordar a los representados, representantes e Instituciones, que la violencia además de engendrar violencia, es el derecho de las bestias; y su razón no dista en absolutode la que expresa un animal en estado salvaje, disociado de cualquier civilización.
Ergo, la involución en algunas geografías y organismos inventados, se exteriorizan por la expresión, defensa y jactancia de la agresividad como conducta normal, junto a la incapacidad orgánica de las instituciones para organizar el normal desarrollo de la vida de relación, que en la comunidad organizada se expresa en una ética, una moral y una tolerancia acorde al tamaño de su salud.
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